historia 1
Daban ya las 11 de la mañana, ni un minuto pasado, cuando Martin Cordero entró en escena. La escena aquella era la calle Árrizon, de un pueblo llamado Rishmon, en la costa oriental de Unais. Aquella calle era siempre la más viva del pueblo. Tipos y chicas caminaban de cada lado de la calle, vestidos en sus trajes más modernos- unos colores brillantes que le darían envidia a mariposas y aves tropicales. Cada quien se creia, se las tiraba, se mandaba, y todo lo demas que reflejaba un estado de orgullo absoluto, el tal “jubris” de los pedorros intelectuales. Todo el mundo marchaba y posaba con lentes oscuros, levantaban la cara al sol y se remangan las mangas cortas para que se le quemara un poquito la piel, pero no mucho. Despues terminaban con ridiculas quemadas que ahi tenian que hacer el amor con la luz apagada, para no reirse y detener los rituales.
Martin Cordero miraba hacia abajo. Vestia de una camisa y un pantalon de color obsoleto. Era la victima perfecta de una sociedad llena de lobos: timido, inocente, etc. Pero quien iba a saber que en su bolsillo cargaba algo que le mostraria al mundo que de cordero no tenía más que el apellido. “Ya veran… hijos de puta… ya veraaaan….” Se murmuraba.
Arriesgo una mirada alrededor a ver si ojeaba algun hostil observador. Nadie lo miraba, pero el sentia que cada ojo detras de cada gafa le tocaba cada pulgada de piel y ropa. Sin embargo, todo el mundo miraba con sus gafas de sol la cintura del cielo, sus caras curvas como parabolicas convexas, atontados por algun avion que hacia quizas demasiado ruido entre las pocas nubes de aquella mañana.
Hacia calor: Chorros de sudor le navegaban la cara, y como el Principe de Persia le colgaban a puros huevos de la barbilla. “Dios mio… bajale un poco a la estufa…” murmuro Martin. “Hey, chaval!” escucho gritar del otro lado de la calle. “Hey, hombre!! Martin!!” escucho de nuevo. Miró hacia delante, calculó las cuadras que le faltaba caminar, volteó la cabeza la derecha y a parpados notó entre la muchedumbre a uno de sus pocos amigos, Jorge Rincon.
“Que pasoooo, papaaaaaaaaá?!!? Quiubo, Comoanda?!” Las palabras le salian de la boca como leche que le entraba al cereal de sus oidos, y crujian. “Nada, hombre, aqui tranquilo. Y tu como tas?”
“Pue tu sa’es, alli echando la hueva con Marco y Glorita. Ya los conoces?” Martin meció la cabeza de lado a lado. “Ah, que no?! Ven que te los presento!” Y aquel tomó a Martin de la mano y se lo llevó consigo a traves de la calle sin voltear a ver ni un ni el otro lado para ver si venia carro. Alli, contra la pared, estaban los dos amigos de Jorge. Marco vestia de una camisa cuadrada, abotonados solo tres botones inferiores, una faja de bucle ancho, que le brillaba con lustre opaco, y unos pantalones medios mamados con la textura gastada y rotos por aqui y por alli. Este como que no le iba a caer muy bien, penso, meciendole una mano semi-brusca y venosa.
Glorita, cuyo color de ojos guardaba detras de cortinas de cabello y gafas, le sonreia una sonrisa bailando entre curiosa y macabra. Se quito las gafas con una mano, y le extendio la otra, diciendo tibiamente, “Mucho gusto, Gloria. Aunque estos papos me llaman la Glorita…” Vestia un vestido blanco, cosido al azar con hilos azules, verdes y rojos. Tenia el cabello riso y los ojos de un verde muy oscuro, como quien diria el color del profundo de un mar. Martin le calculaba el cuerpo bajo el vestido con cierto conservatismo. Los vestidos eran unas de las cosas que más enloquecían a Martin (y el no dudaba que al resto de los hombres) de los dias calidos como este.
